lunes, 28 de marzo de 2016

INTERNAS: Goscinny vs. Uderzo

El año pasado visité la exposición dedicada a Asterix en el Centro Cultural Recoleta. Más allá de ser un ayuda-memoria gigante (mucha reproducción, mucho cartel explicativo, mucho muñeco de resina y gigantografía), la muestra no tenía gran interés, a excepción de algunos facsimiles o facsímiles o fácsimiles (elija el que corresponda) de guiones auténticos del gran René (o Renée o Renéee o Renéeeeee, elija el que corresponda) Goscinny.

De ellos, me llamó poderosamente la atención el siguiente, corresponiente al álbum "Asterix en Bretaña":



En la segunda descripción puede leerse: "...dos bretones observan la flota romana acercarse a lo lejos (a lo lejos, dije, no hay motivos para enervarse)"

Podemos adivinar en esta "humorada" de Goscinny las quejas y discusiones anteriores por parte de Albert Uderzo sobre la sugerencia de dibujar cosas difíciles y engorrosas como una flota romana, o una batalla con cientos de romanos y galos, o una vista aérea de Lutecia. Pero por sobre todo podemos adivinar (Goscinny lo deja traslucir nerviosamente, intentando amansar a su co-equiper) los arranques de ira y violencia del dibujante, el temor en los ojos de Goscinny cada vez que le entregaba un guion, la relación perversa y enferma víctima-victimario cultivada entre los dos. Es la relación entre el frágil, etéreo, sutil mundo de las ideas y las palabras manejado por el guionista y el elemento zafio, tosco, casi animal en el que se mueven los trabajadores portuarios del dibujo, hecho de golpes de grafito y heridas de tinta sobre el papel. Dos mundos irreconciliables y opuestos, casi enemigos a muerte, pero que se necesitan mutuamente, y en el que el guionista es una suerte de ninfa o musa prisionera abusada a diario por el ilustrador, que cuando no lo amenaza con asesinar a su familia si le pide algo muy complicado (como entendemos ocurre en este caso) traduce las cristalinas ideas de aquel en figuras bastas, brutales, concretas, reduciendo su infinito de potencialidades a un único garabato grabado en piedra, asesinando de algún modo "el" Dibujo Ideal que el guionista acariciaba entre los tules de su mente.

En fin, todas esas cosas se deducen indefectiblemente de este facsímil.

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