miércoles, 30 de septiembre de 2015

El Mono Recomienda: El Alien triste



Y qué manera más sencilla y proactiva de recomendarlo que copypasteando mi propio prólogo:

El Alien Triste, la Superlástima y la Esencia del Artista.

1-El descubrimiento del Alien Triste.

En mi Universo, el extraordinario Pedro Mancini pertenece a la categoría de “Dibujantes que conocí a través de Facebook”, un mundo que habitan otros dibujantes que admiro como Joan Cornellá, Iván Riskin, Muriel Bellini, Molg h. y el creador de monstruos Aeron Alfrey. Apareció en un momento providencial, un momento en el que estaba llegando a la conclusión de que la historieta se había terminado. Según mi percepción, lo que se veía en el horizonte eran variaciones infinitas sobre tres o cuatro clichés: la escatología, la autobiografía, el humor poético y el reportaje en algún lugar conflictivo del mundo (llamado también “novela gráfica”).

Lo primero que llamó la atención fueron esas historietas herméticas, negras, incomprensibles, de personajes inhumanos y distantes que no hablaban ni transcurrían. Comparado con el agotador desfile de personajes comiendo caca o hablando a cámara que empezaban a calentarnos las orejas, esto significaba un descanso y un estímulo. Un recreo para la racionalidad, cuyo uso constante atrofia otras funciones del cerebro.

El problema con este tipo de historias alucinadas es que a veces nos dejan en ayunas. Se convierten en una descarga de imágenes oníricas, pero sin un sustento un poco más terrenal y corren el riesgo de agotarse rápidamente en su propio alucinamiento. El famoso “uhhhh, looocooo, qué viaje que tenés, pero sabés qué pasa, también quiero comunicarme con un ser humano”.

El Sr. Mancini agregó otra dimensión con su tira El Alien Triste. Tiene mucho de la vilipendidada historieta autobiográfica, pero montada sobre el clima claustrofóbico de una pesadilla de Lovecraft. Y al mismo tiempo, es MUY graciosa: No he visto la conjunción de estos tres elementos muy a menudo, por no decir nunca.

Mancini nos puede atormentar durante varias tiras seguidas con anécdotas horrendamente patéticas, para luego exponernos a una serie de imágenes del pobre Alien sentado, sin hacer absolutamente nada (“así no tengo gastos”) y en un silencio asfixiante. Además de esa mezcla de identificación y sadismo que nos provoca el Alien, todo está acompañado por una incomodidad subterránea a lo Polanski, con la que sentimos que está pasando algo horrible aunque no podemos determinar qué es (quitando que estamos mirando a un tipo con cara de tentáculo viscoso).

2-La Lección del Alien Triste.

El Alien Triste, además de ser perturbadoramente encantador, nos ayuda a entender algunas cosas sobre el ser humano.

La primera es lo liberador que resulta el ejercicio de dar lástima cuando se hace de manera profesional. El tipo que da lástima puede ser muy irritante, pero cuando se pasa de la raya –llamémosle a esto “Superlástima”- se transforma en un personaje casi heroico. No podemos tomarnos en serio la Superlástima. Este sentimiento tiene un aura tan ridícula que contamina al que quiere provocarla y al que debería sentirla, relevando completamente de gravedad nuestros problemitas y taras de personalidad. Lo que debería ser un quejido insoportable se transforma en una fiesta.

La segunda es sobre la naturaleza inevitablemente infantil del artista. Si bien frases como “el artista es como un niño” suelen provocarnos vómitos, hay una realidad en esta declaración. El artista necesita, para realizar su tarea correctamente, invertir el orden de algunos valores muy claros para la gente adulta. Por ejemplo, que es más importante apagar un incendio que terminar el puto dibujito que está haciendo (en medio de las llamas). Si el artista no tiene la capacidad mental de crear una “burbuja-patio de juegos” donde el mundo puede venirse abajo, sea porque está pensando qué le va a pasar al cazador de ballenas monomaníaco, o qué acorde debería seguir a este re menor para ser más patético, o para abundar un rato en tonterías dignas del más idiota del pueblo, difícilmente saque su cosa adelante.

Esto no habla muy bien que digamos bien del artista. Lo convierte en una especie de nene caprichoso al que sólo le importa jugar con sus juguetes, en un parásito irresponsable al que no le interesa cambiar un cuadro o ir a comprar aceite, ¡porque tengo que encontrar este sustantivo!, un sustantivo del cual la humanidad seguramente podría prescindir. Pero, a cambio… En realidad no, no hay pero. Eso es el artista, un ser bastante inútil y patético.

Afortunadamente el artista la tiene bastante fácil. Se le toleran sus rarezas y excentricidades, con la excusa de que es un artista y por lo tanto un poco anormal. En una sociedad utópica, el artista sería echado a los bosques para ser devorado por los animales salvajes, sino quemado en grandes incineradores construidos a tal fin. “Hoy incineramos un retratista de perros”, se anunciaría por los altavoces para llevar contento y tranquilidad a la población. Pero digamos que por ahora el artista puede ser criticado, pobre y fracasado, pero nadie lo incinera.

El Alien Triste es la quintaesencia del Artista. Además de dar lástima, se la pasa pensando una y otra vez en sus nimias obsesiones, perdiendo el tiempo en Internet o escuchando heavy metal, jactándose de su inutilidad total para las cosas prácticas, rumiando su bronca por las odiosas comparaciones (“dibujás parecido a Moebius”) o sintiéndose amenazado por otros de su especie. El Alien Triste debería ser entregado como parte del programa educativo de las escuelas de arte para que los jóvenes estudiantes sepan cómo comportarse, y para aprender a switchear de la lástima común y corriente, tan paralizadora, a la festiva Superlástima.

Pienso leer una y otra vez este volumen inspirador, y confío en que todos hagan lo mismo. Bueno, todos no. Tiene que quedar alguien que se encargue de cultivar comida, arreglar los motores de los autos, esas cosas.

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